La Hora de José Mota – Back in Black

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AbriL CerraL

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091 – La canción del espantapájaros

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El Ultimo Concierto
(Del libro 091)

El silencio de la noche ayudó a propagar los sonidos distorsionados de las guitarras. La luna se sumó a la contemplación, al salvaje baile de los desesperados. Una Gibson SG negra lloraba al viento. Los buffers marcaban las cotas más altas de la historia reciente del rock.
Miles de vátios hacían vibrar los tímpanos a punto de estallar. Era la noche del adios, de la despedida, del último acto de una obra para la que no existía un final. Gritos, saltos enloquecidos, llanto en los ojos y lágrimas en las mejillas. La noche comenzó como siempre, con acordes fronterizos. Era el último concierto de Ceronoventayuno. Quince años en la carretera necesitaban un desenlace, un momento para impresionar en la retina del sentimiento las esencias del cruce de caminos. Un punto y final para quince años de rebeldía que quizás fuese sólo un punto y aparte. Los altavoces rasgaban por la fuerza de las guitarras mientras una voz gritaba a la noche el dolor de su corazón malherido. ¡Cero, cero, cero…! en el grito convertido en himno. Todos querían más, que la noche no acabase, que nunca se pusiera término a la pasión desatada del rock. Lo inevitable tenía que llegar. 091 se convertiría en historia, quedaría para el culto de los seguidores de una época, para marcar pautas a otros que buscarán la evolución de la expresión musical en una raices en las que ya está este grupo de jóvenes que han creado escuela. Quince años de carreras, esfuerzos, éxitos, esperanzas y sinsabores.”
Y sólo así quizás pueda entender y asimilar mejor el estribillo de la canción: “Nadie, pasa el tiempo y sé que nadie se unirá a mi baile, nadie, sabrá por qué hago esta canción”

Y El Espantapájaros deseaba pedirle al Mago de Oz un cerebro para poder ser humano, para poder ser “normal” como el resto de los humanos. Corazón de paja, cabeza de calabaza, y sin inteligencia. Aparentemente, por supuesto. Como un Frankiestein cualquiera. El mito se repite y se reinventa así mismo.

Se hace el silencio. Mis brazos comienzan a moverse. Estoy solo, bailando solo, danzando solo, totalmente inmóvil de no ser porque el viento me sacude una y otra vez mientras sonrío desolado:

Siempre me vísteis mover los brazos
en una danza al viento de giros extraños.
Mi corazón veis que es de paja
y mi cabeza una calabaza:
sé fingir sonrisas de la desolación.

Y siempre lo mismo. Eternamente. Cada puesta de sol y cada nuevo amanecer. Siempre solo, teniendo todo el tiempo del mundo para pensar y caer en la cuenta de mi esclavitud racional frente al resto de seres humanos que jamás llegarán nunca a preguntarse lo mismo que yo.

Mil puestas de sol en mi pasado
pensando en cosas que nunca habéis pensado:
en los dioses primigenios,
en la libertad, y en su precio,
en la plateada escarcha del amanecer.

Una y otra vez. Sin poder alcanzar jamás la Respuesta. A mi alrededor todo cambia menos yo que no puedo cambiar, que estoy condenado a ser el mismo siempre. Y nadie me escucha. Un día y otro día. Nadie me comprende y nadie puede consolarme. Pero sigo pensando. Pensando en la Vida, en cómo hasta la lluvia engendra a sus hijos, cómo la luz hace lo mismo con los suyos al igual que la oscuridad. Y el ciclo se repite mientras sigo bailando y cantando y mi voz se desvanece atrapada en ese ciclo de existencia.

Los hijos de la lluvia están
creciendo a mi alrededor.
Los días vienen y se van,
se desvanecen con mi voz.

Para acto seguido comprenderlo todo: ni nada ni nadie podrá jamás consolarme. Nadie se unirá a mi baile. Nadie me verá. Nadie sabrá lo que me ocurre. Nadie le prestará jamás atención a lo que me sucede porque nadie creerá, por mucho tiempo que pase, que yo soy real o simplemente que existo. Y así a mi canción, “La canción del espantapájaros”, jamás se le podrá encontrar un sentido.

Nadie,
pasa el tiempo y sé que nadie
se unirá a mi baile, nadie,
sabrá porque hago esta canción.

Pero yo sigo bailando y cantando, sigo moviendo mis brazos al viento, sigo intentando expresarme, y sigo pensando esta vez en la magia: en los príncipes que antes fueron ranas, en la Bella Durmiente que despierta de nuevo a la vida con un beso. ¿Pensando o imaginando? Los cuentos de hadas. Los milagros. Todo aquello que escapa a la razón. La fantasía en definitiva que me obliga a seguir esperando inútilmente a que todo cambie y pueda llegar a reencarnarme en un ser humano normal y corriente.

Principitos que antes fueron sapos,
y princesitas que al besarlas despertaron:
No hay cuento de hadas sin milagro
pero aún sigo esperando
que llegue el tiempo de mi reencarnación

Y luego ya todo se repite de nuevo. Una vez más. Aunque sea demasiado tarde es necesario que todo se repita. Todo es existencia. Yo soy existencia. Y existen muchos “otros como yo” y cada cual seguirá moviendo sus brazos y danzando en su propio baile de la desesperación ante el simple y lento transcurrir de la existencia. Miles de espantapájaros bailando y coreando su canción sin importar que nadie les escuche ni se unan a su baile porque todos, absolutamente todos, simplemente esperan que llegue el tiempo (que nunca llegará) de su reencarnación.

Dorothi, finalmente, despertó, como todos algún día despertaremos.

¿Todo fue un sueño? Yo ya no sé qué pensar.